martes, 2 de enero de 2018

Cuando en Peñalara reinaba Eolo...

31 de diciembre


Tiempo atrás, hace varios millones de años, cuando aún no existían las montañas madrileñas y Jordi Hurtado daba sus primeros pasos... Uy, perdón, me he ido demasiado atrás en el tiempo. Hace apenas 200 años, el macizo de Peñalara, con sus imponentes alturas, era un territorio inhóspito, únicamente poblado por lobos y buitres. Bestias salvajes, les decían. Territorio totalmente desconocido para el más común de los mortales. Sólo algunos pastores  de la zona desafiaban las condiciones que impone la montaña. Poco tiempo ha transcurrido para que las ovejas, ya sin su pastor, se decidan de una vez por todas a disfrutar de una de las joyas de la corona de la Comunidad de Madrid, y de Castilla y León también 😉.  


El 31 de diciembre, fecha simbólica que nos indica el final del año. Un año bueno o malo, según para quién; y que da comienzo a otro, en teoría, mejor. Como si de una peregrinación a Lourdes se tratara, desde el puerto de Cotos hasta la cima de Peñalara (2.428 m), se extiende una larga serpiente multicolor, para dejar en la cima todo lo malo que hayamos podido tener en el año que pasa y bajar puros y limpios, para comenzar con buen pie el año que se acerca.


Como no podíamos ser menos que los demás, decidimos unirnos a la fiesta. Si ya lo hicimos en Nochebuena, por qué no en fin de año. El panorama es bien distinto. Hoy sí hay bastante gente. La montaña se va a hartar de "purificar" gente. Además hoy, se bautizan en estas lides dos nuevos miembros, Yusus y Ro. ¿Que mejor manera de hacerlo que despidiendo el año en la cumbre más alta de Madrid?

Días atrás ha nevado, pero nieve, al menos en cotas bajas no hay. Sin embargo, hay hielo para dar y tomar. Macksa es la primera en comprobarlo, dando con los huesos en el suelo en el aparcamiento, nada más bajar del coche. Berme y Eska, se unen también a la expedición. Las ansias de Eska por pisar nieve son legendarias. Desde el año pasado, sus botas parecen rehuir la nieve. Belice y Milhouse completan el selecto grupo.



La subida la realizamos por la pista que describe zetas sobre la ladera de la Hermana Menor. Avanzamos con precaución. Las zonas, sobre todo de umbría, están cubiertas de hielo. Tenemos que orillarnos en el camino para poder pisar sobre la nieve. Las vistas desde este punto son impresionantes. Cuerda larga, Siete Picos, La Mujer Muerta... y por debajo todo un mar de nubes. 











Al llegar a la cima de la Hermana Menor, la montaña se encabrita. Al hielo se le suma ahora una brisilla de órdago. Suficiente viento como para poner a alguien en órbita. A medida que subimos se intensifica. ¡Qué sensación! Como si de una expedición al mismo Everest se tratara. 










Pasada la Hermana Mayor, paramos para ver la Laguna Grande de Peñalara. Desde arriba parece un simple charco para patos. Da impresión el simple hecho de asomarse al precipicio, porque una ráfaga de viento puede convertir nuestra salida montañera en una actividad de puenting sin cuerda.



Proseguimos la ascensión. Macksa vuelve a ver de cerca el suelo y Milhouse en su intento de ayudarla, acaba también rodando. Las pezuñas de cabra no funcionaron esta vez. Las rachas de viento, según la predicción, alcanzarían más de 80 Km/h en la cumbre. Vamos, casi nada. A medida que ascendemos, el aire nos castiga lanzando pequeños trozos de hielo en nuestra cara. Puedo asegurar que duele... Muy malo ha tenido que ser este año para que la montaña nos trate así.






En este momento se aprecia el efecto igualador de la montaña en todo ser humano... Todos los del grupo parecíamos cirios, con nuestra gotita de cera cayendo por la punta de la nariz. Alcanzamos la cima, no sin esfuerzo. En ese momento el vértice geodésico se convierte en el centro del mundo y nosotros las personas más dichosas en él. Apenas estamos un par de minutos, pero lo suficiente para que el fuerte viento se lleve el 2017 donde Napoleón perdió el gorro y bajemos purificados. Tan liviano bajo ya, que entre salto y salto, acabo en el suelo. Sin consecuencias.







Hacemos un alto al abrigo de unas rocas para avituallarnos. No podemos tomar el plato fuerte del día. Aún hace demasiado viento. Pero nos sirve para recuperar fuerzas. Si la subida con el hielo era "tranquila", la bajada lo iba a ser aún más. Mejor ser precavidos que acabar con un miembro roto. 




Al alcanzar de nuevo las zetas, el viento desaparece. Con él, desaparece también el hielo de las primeras horas de la mañana, ahora convertido en agua por algún tipo de hechizo. Esta vez sí, la parada es de las buenas. Hasta un roscón de reyes llevamos en la mochila. Somos la leche. Si vamos a pasar penurias, por lo menos habrá que cuidarse. Llegamos abajo sin sobresaltos, excepto Berme, que también quería unirse a la fiesta de los caídos. 












A pesar de todo, para mí, un disfrute total de la ruta. No hay mejor manera para despedir el año y empezar el siguiente limpio y purificado. ¡¡Feliz año nuevo!! 

MAVERICK